Discurso de Grado 2017

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Hace unos treinta años presidí la primera ceremonia de grados en el Instituto. Lo hice por unos seis años más, hasta cuando me retiré en 1994. Regresé en 1999 y desde entonces, cada año por estos días, he asistido a uno de los eventos más significativos en la vida de la gente, desde hace por lo menos doscientos años en Occidente: recibir el título de bachiller.

El año pasado lo dije: jamás he repetido un discurso en esta ceremonia. No lo he hecho, porque el esfuerzo de cada uno de ustedes ha sido original, inédito, al igual que el de sus padres y sus maestros. Cada bachiller ha sido un mundo irrepetible. Este no es un evento de masas, entendido como la puesta en escena de un espectáculo uniforme, inequívoco, monótono y al mismo tiempo y por todo eso, de escaso valor. Repetir el rector el discurso de todos los años, me parece que estaría denotando una relación rutinaria, lejana y aburrida, cuando menos, con los estudiantes. Se que esa es una práctica muy extendida, pero aspiro a que nunca lo sea en Instituto.

Cada familia celebrará a su manera la terminación del bachillerato. Con más o menos pompa o más o menos alegría. Pero me parece inconcebible que esto carezca por completo de significación para ustedes. Algún sentido recóndito, algún recuerdo de esos que nos llevan al pasado o alguna secreta esperanza alcanzada... Será un desfile de recuerdos gratos atravesados por los días difíciles. Porque casi siempre los ha habido: Desde la simple gripa del jardín que truncó la participación en la navidad, pasando por el cumpleaños empañado por el helado derretido, el regalo poco deseado, o la entrega de calificaciones temida alguna vez...  Y las llegadas tarde, las excusas, las llamadas del colegio para indagar por la inasistencia de los hijos, que para muchos padres fueron el anuncio del ingreso a la adolescencia. Y no faltaría la tentación de ser cómplice del hijo o la hija que salió una mañana para el colegio, y prefirió dedicar las horas a caminar a solas, a leer un libro, a encontrarse con alguna amistad en un parque...

¡Claro que ha habido días difíciles en estos catorce años que les separan de la infancia! Nunca he querido engañarme pensando que esta porción de la historia individual sea por si misma el camino grato y feliz que nos prometían en las cartillas de lectura, ni en la vieja iconografía escolar. El primer dia de clases siempre constituye el hecho más importante en el colegio: casi de manera permanente y desde muy temprano, desde la portería hasta el aula de clases, todo el mundo está pendiente de la llegada de los niños.  -"Son las nueve y ninguno ha llorado!".

-Hay una mamá que no se quiere ir. Dice que prefiere quedarse por si la niña llora... Mientras tanto, la niña les pregunta a otros niños por su nombre... ¿Y usted quiere jugar? ... A la una y cuarto de la tarde todos los niños han salido ya. ¿Estuvieron felices? Quizás. Pero de seguro los acompañó el temor a no encontrar a la mamá o al papá a la salida. Y cada año miré los cuerpos empinándose a la salida para ver a sus niños acercarse. Les confieso que este momento siempre me conmovió.

Recordarán, señoras y señores bachilleres quizás, cuando al encontrarme en el corredor del Jardín, alguno me preguntaba: ¿Y usted quién es? ¿Verdad que usted es el dueño del colegio? Y por lo general una niña, que dicho sea de paso siempre me han parecido sorprendentemente perceptivas a esa edad, decía al oido de su compañero: -"No... es el director.... -Ah entonces usted es el que manda?  -Que les contestaba casi siempre?: Mira: Yo soy Federico........ Y se miraban entre ellos tal vez satisfechos, porque a esa edad dice de nosotros mucho más el nombre que cualquier cosa. Esa familiaridad se fortalecía en los paseos por el corredor de la primaria, cuando ustedes compartían allí sus juegos o sus mediamañanas y me parece que llegaba a su punto más alto en el almuerzo de quinto de primaria. Lo recuerdan, cierto?

A partir de ahí, las reglas del juego señalaban, casi para todos: una creciente lejanía. iba creciendo hasta el día de hoy, cuando ustedes y el colegio se iban confundiendo en una sola entidad. Cierta apropiación del espacio, de los nombres, del trato, cuya cima es la entrega del colegio a los más pequeños el día de inauguración de las Jornadas Robledistas. Entre otras cosas, todavía está en la cafetería, la decoración minimalista y cuasi perfecta que hicieron ustedes para las jornadas del 2017. Ojalá se conserve como una costumbre, dejar aquello hasta el final del año.

Pero a qué se debe, se preguntarán algunos, ¿el tono de remembranza del discurso del rector en este año? Nunca había sido así... Ya se los diré más adelante.
Quiero mientras tanto, proponer algunas reflexiones sobre este colegio en particular y el destino del país. Algunos podrán considerar lo que diré, como una expresión soberbia o presuntuosa. Pero tengan presente que no es esa la intención y más todavía porque ni soy la persona, ni son todos los presentes, el auditorio apropiado para tales tonterías. 
Han vivido en este lugar, lo que, esperamos, sea una especie de matriz o molde vital: Desde el inicio han disfrutado de un espacio inmenso en la niñez y ciertamente más grande de lo corriente, en todo el tiempo que lo han habitado. Y creo que ha sido generoso, bello en algunos sitios y en todo caso, grato. ¿Por qué? Porque nos interesa que cuando tengan en sus manos otras responsabilidades que vayan mucho más allá del entorno individual, quieran que el espacio familiar, el del trabajo, el de la patria, sea tan generoso, amplio y luminoso como su colegio.

Creemos que un colegio debe ser también un maestro del uso del espacio. Han contado también, con profesores excelentes. Quizás el recuerdo de alguno enturbie la perfección de lo que buscamos, pero como acontece con el espacio, no faltará ese sitio de la cancha que siempre recuerdas porque ahí te caíste y tal vez hubo una fractura... Sus profesores no son simples funcionarios de la escuela. Mujeres y hombres con vidas tan ricas y complejas como la de los hombres y mujeres que llegan acá con sus hijos.  Pero son profesionales fundidos con la tarea de permitir que se cumpla con el derecho que la niñez y la juventud tienen, de ser educados.  Procuramos que el instituto, sea también un lugar apropiado para la realización profesional, pero sobre todo personal de los maestros. Me parece que no estamos lejos de ello.... ¿Por qué queremos que sea así? Porque creemos que un colegio debe ser ejemplar en su trato y sus relaciones con las personas que le dedican su trabajo a la escuela. 

Y así con todo lo demás, incluidas sus finanzas y el manejo de sus recursos. 
¿Acaso la sociedad no tiene derecho, por lo menos, a tener la certeza de que aquellas enseñanzas básicas de la escuela, no sean apenas un catálogo de recetas para “formar al buen ciudadano”, recetas con las cuales sus propios colegios y universidades no cumplen?

Quiero detenerme en otra particularidad del colegio: En muchos hay asociaciones de exalumnos. Cada tantos años se reúnen los viejos compañeros, se reconocen, recuerdan tiempos idos y al final se citan para "dentro de cinco años". Acá ha sido imposible hacer una asociación tal. ¿Por qué? Porque talvez esa asociación se ha ido formando desde muy temprano y cuando se van, ya existe como una dichosa amistad que los acompañará de por vida. Hay casos como los bachilleres del 63, que conforman una asociación de amigos de toda la vida. Pero no son los únicos.

Y lo diré una vez más: ¡Es tan fácil reconocerlos en la calle o dónde estén!! ¿Por qué? Porque han cultivado desde niños eso que Duns Scoto, el Doctor Sutil, denominaba Heceitas. Aquello que hace que un ser sea él y no otro. Acá nunca han sido encubiertas sus diferencias, con el poco amble uniforme (iba a decir odioso), con el cual se busca reducir un poco los bríos juveniles, disminuyendo la potencia de su yo, para hacer un poco más fácil la disciplina escolar.
Pasa también con los pueblos y las naciones: mientras más se exalten las diferencias mediante ese artificio político que llamamos democracia, más ricos serán esos pueblos. Esta es la mayor dote que el Instituto Jorge Robledo le aporta al país... No tengo dudas acerca de ésto: Muchos de ustedes serán ciudadanos destacados. Otros preferirán la lejanía de los reflectores. Pero unos y otros, estarán ayudando a forjar una patria grande. Es cierto que el pesimismo como método y coartada hoy invade el ánimo de muchos. Pero recuerden esto: Por primera vez en decenios, Colombia es un país mejor y sus vidas tendrán más fundadas esperanzas.

Termino desde hace muchos años estas palabras, diciéndoles que nuestro mejor deseo es la felicidad de ustedes. Y que esperamos verlos aquella mañana en que lleguen de nuevo al Jorge Robledo, trayendo a sus hijos de la mano... Hoy quiero agregar algo más: ...les confiaré un secreto: Este es mi último acto como rector.